Jugando a los soldados

Los estudiantes de la escuela superior decidimos realizar una última actividad juntos antes de la graduación de cuarto años. Decidimos pasar el fin de semana en un bosque y jugar guerra simulada con pistola de tinta. El juego era sencillo, nos dividiríamos en dos equipos, hombres y mujeres.

Cada equipo tiene una bandera. Luego del pito inicial, cada equipo tendría seis horas para buscar un escondite donde clavar la bandera y protegerla. Todos teníamos walki talkies. Todos teníamos mapas de la zona. Terminadas las seis horas comenzaba la guerra. El primer equipo en matar (pintar) a todos los del otro equipo, o encontrar la bandera del otro equipo ganaba.

Algunos designados se quedaron a cuidar las banderas.

Yo me fui solo, pues en aquel entonces me creía rambo, y hasta me quité la camisa, tenía pantalones camuflajeados y botas. Me tiraba por el piso, me arrastraba y rodaba. Por los walkitalkies escuchabamos a los hombres y mujeres avisar: Me mataron o maté a tal persona.

Yo maté a dos o tres chicas. Estaba invicto. Era invencible. Pero de repente salieron cuatro de la nada apuntándome. Era imposible que fallaran.

Me iban a disparar, pero una dijo: – Suelta el arma o te matamos.

Si me disparaban perdía y no quería. Tenía que aprovechar cualquier segundo, así que tiré el arma. Una me iba a disparar pero Gladys, que fue la que me mandó a tirar el arma les dijo: – No lo matemos aún. – Pero es el juego.

  • El juego es encontrar la bandera y él nos puede ayudar.

Ellas se miraron con un plan en mente. Yo les dije riendome: – Ni piensen que yo se los voy a decir.

  • Ya veremos.

A punta de pistola me condujeron a su escondite, pero me mantuvieron lejos de la bandera. Esta estaba dentro de una cueva de piedra. Afuera de la cueva, habían chica encima de la cueva montando guardia. Nadie se iba a poder acercar sin que lo vieran. Un poco más abajo había un tronco de arbol caído pero que por lo irregular del terreno tenía espacio debajo.

  • Acuéstate en el arbol.

Yo obedecí. Me acosté en el tronco y me amarraron al tronco con las manos arriba. Pero tan bien me amarraron que no podía mover un dedo.

Entonces las chicas se miraron y Gladys se me acercó. Tenerla cerca me inquietaba. Gladys estuvo detrás de mí toda la escuela superior, pero yo tenía novia y no creo en los cuerno así que nunca le hice caso. Yo sabía que Gladys era capas de cualquier cosa a contar de lograr su objetivo y no se me habían olvidado las veces que abusó de mí.

Gladys me dijo: – Dinos en dónde está la bandera de ustedes.

  • No.

Ellas se rienron. Gladys frotó sus dedos en mis sobacos, haciéndome cosquillas.

  • ¡No, para, ajajaja! Trataba de retorcerme, pero la posición en la que estaba amarrado no dejaba mucho para moverme. Todo mi cuerpo estaba encurvado.

Ella seguía haciéndome cosquillas. Sé que más que la guerra, para ella era placer tenerme en sus manos. Yo no podía parar de gritar y reir de histeria.

Las otras chicas miraban entusiasmadas. Gladys les dijo: – Vengan ayúdenme.

Ellas se acercaron por ambos lados. Unas me hacían cosquillas en el estómago, otras por los lados del pecho, y otras en el interior de los brazos.

Aquello era insoportable. Me estaban torturando con cosquillas. Me reia y me reia casi sin poder respirar.

  • ¿En dónde está la bandera? Me costó mucho trabajo no decir nada. Estaba apunto de rendirme. No sabía cuanto iba a poder aguantar de esta tortura.

Mis gritos, la electricidad que corría dentro de mí, y la histeria y las sacudidas no me permitían pensar en otra cosa ni prestar a tención a lo que se decían entre sí. Se que la manos de Gladys se alejaron de mis sobacos y otras manos siguieron el trabajo. Alguien me quitó las botas y las medias y me hacía cosquillas en los pies.

  • ¡Ajajajajaajaja! ¡No¡ Gladys me desabrochó la correa y me abrió el pantalón. Eso para mí ya no era parte del juego. Estaba yendo a algo íntimo.
  • ¡No, eso no! – pero no podía parar de gritar histerico.
  • La guerra es la guerra. Y llegó la hora de cobrar mi botín.

No pude hacer nada para evitar que me bajara los pantalones y dejara al descubierto mi bicho, que por las cirscunstancias, ya estaba parado y tiezo.

  • ¡No, Gladys! ¡No otra vez! Tengo novia. Tengo novia.

Pero eso a ella no le importó. – ¿La bandera? Gladys estaba actuando como si esto fuera una guerra de verdad. Pero yo no podía pensar. Tenía más dedos de los que podía contar frotando mi cuerpo, generando más cosquillas de las que era capas de soportar. Ella me acarició el bicho sin importarle mi histeria. De hecho el ver que a pesar de toda la fuerza que yo ejercía en las cuerdas no podía hacer nada para detenerla la exitaba más. Las otras chicas miraban lo que ella hacía sin dejar de hacerme cosquillas. – ¿Lo vas a hacer? – le pregunta una.

  • No, no lo hagas.

Gladys se estaba desnudando ahí mismo. Su cuerpo era espectácular, y juro que de no ser porque tenía novia, le hubiera dado el si a Gladys, y por eso es que todo era tan contradictorio. Me gustaba a montón pero no podía tener nada con ella. Marcha, mi novia, confiaba en mí. Pero eso a Gladys nunca le importó.

Gladys se desnudó completamente: – No lo dejen respirar. Me excita verlo rogar por su vida.

Entonces grité desesperado: – La cascada. La cascada. La bandera está en la cascada.

Gladys y las chicas sonrieron y las cosquillas cesaron. Yo respiraba profundo. Gladys les dijo a las chicas: – Vayan y diganselo a la jefa. – ¿Y tú, no vienes? – Más tarde.

Las chicas se fueron, dejándonos solos.

  • ¿Por qué no vas con ellas? Ya les di lo que querían.
  • A ellas. Pero yo quiero otra cosa. – Ella me acarició el pecho suavemente y la barriga. El bicho estaba como roca.
  • ¡Por favor Gladys, no lo hagas! La otra vez no pude mirar a Marcha a los ojos como por tres meses. Gladys se me trepó encima, metió el bicho dentro de su crica y se me acostó encima. Sus tetas con mi pecho me exitó más de lo que yo creía. Había fantasiado con que me violara otra vez, pero nunca quise que ocurriera. Yo amaba a Marcha. Y la respetaba.

Gladys comenzó a moverse. Erosionando mi bicho en su choca, y a la misma vez sus tetas rozaban con mi piel al ella moverse. Con sus manos me frotaba los sobacos provocandome cosquillas.

Ella gemía, yo crujía. Era tanta la pasión y excitación que rompí con la moralidad y decidí que si iba a pasar mejor era gozármelo, así que me abrí al placer. El cual era inmenso. Intentso. Fugaz.

Ella se movía y movía, y yo movía el bicho dentro de ella para generar mayor fricción. El ver que yo estaba envuelto la excitó más todavía y se movió con mayor fuerza. Sentía un ardor, como si se acumularan chispas en mi cintura y entonces exploté. Brotó leche de mi bicho y ella se quedó para que todo le cayera adentro. Ella pegó un grito de madre y sentó como su crica se estremeció y sentí su leche en mi bicho. Entonces reposó sobre mí por un rato y me dio un chupete el cual yo correspondí.

  • Gracias. – me dijo.

Entonces de la nada salieron los diez varones que quedaban vivos armas en mano sorprendiendo a las chicas. Las mataron a casi todas y tomaron la bandera. – Ganamos ganamos.

Dos de los hombres no dejaron a Gladys levantarse de mí. La rodearon a punta de arma. Nosotros no sabíamos si ya habían tomado la bandera y Gladys no sabía que el juego había terminado.

  • Hey, vengan a ver esto.

Todos los varones se nos acercaron. Que humillación para ambos. Sentí como Gladys, desnuda ante todos, se aferraba a mí para que le vieran lo menos posible.

  • ¿Necesitan ayuda?

Yo no sabía qué decir.

  • Levántate. – le dijeron a Gladys, – o te matamos.

Ella me miró nerviosa. Yo le dije: – La guerra es la guerra. – En cierta forma me sentía contento dde que iba a ser humillada como a mí.

Gladys se levantó, tapándose las tetas y la chocha, pero le dijeron:

  • Las manos sobre la cabeza.
  • Se están propasando.

Uno de los varones cortó las sogas que me ataban.

  • Tú te propasastes conmigo. – y les dije y todos: – Me torturó.

Ella me dijo en voz baja: – No me hagas esto.

  • Las manos sobre la cabeza. – Le volvieron a exigir.

Furiosa, pero sin más remedio, ella levantó las manos y las puso sobre su cabeza destapando sus bellas tetas y su crica. Todos los hombres se sintieron sus pingas pararse y pensaban jugar un poco con ella, pero otro de los varones que no tenía idea de lo que estaba pasando llegó gritando:

  • Ganamos. Tenemos la bandera.

Todos lo miran serio.

  • ¿Qué? – explota Gladys furiosa. Ella recogió su ropa y se fue corriendo llorando.

Leave a Comment